Uno de los pasos decisivos en la finalización de la tesis de maestría es haber terminado de editar hoy el Liber propriae rationis, la obra de Bovillus que recibe más atención en el trabajo. Se trata, en buena medida, de un emprendimiento autodidacta -aunque ceñido a buenos criterios científicos- en el que no he contado con ayuda de ningún experto (tampoco es que haya tantos en México, y de hecho piso algunos callos). Por esta razón, si alguno de los lectores se interesa en ayudarme a revisar el texto para detectar erratas antes de la impresión, o cree poder aportar alguna asesoría técnica adicional, le estaré más que agradecido.
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A preliminary release of my edition of Bovillus' Liber propriae rationis is available for reviewing. Your commentaries and valuable help to detect errors before printing are most welcome. If you are interested please contact me.
lunes 8 de junio de 2009
domingo 26 de abril de 2009
Filosofía y epidemia (hace medio milenio)
A causa de la sospecha de epidemia, Juan querido, en estos tiempos no me es permitido “llevar vida en una tierra”, como solemos decir familiarmente. Pero es cierto que nada prohíbe voltear mientras tanto al cielo, en el cual ningún temor de la peste nos reclama. Procura pues, amigo, que nos refugiemos ahora en el cielo. Acaso dirás: ¿en cuál, y cuál ha de preferirse de los muchos? Aquel, ciertamente, cuyos rayos nos inflaman para vivir una vida celeste mientras aún estamos en la tierra. (...) Restablezcamos hoy el convite aquél, de modo que en el convivamos aun contra la voluntad de la epidemia.
Non licet mi Ioannes his temporibus ob epidemiae suspitionem vna sicuti consueuimus familiariter in terra vitam agere. Verum quid nam prohibet interim nos in coelo vbi nulla pestis formido solicitat nos versari? At inquies forsitan in quod nam & multis potissimum? In illud certe cuius radiis inflamati tamdiu in terra coelestem vna vitam agimus. (...) Instauremus conuiuium illud hodie: ut in eo invita epidimia convivamus.
Non licet mi Ioannes his temporibus ob epidemiae suspitionem vna sicuti consueuimus familiariter in terra vitam agere. Verum quid nam prohibet interim nos in coelo vbi nulla pestis formido solicitat nos versari? At inquies forsitan in quod nam & multis potissimum? In illud certe cuius radiis inflamati tamdiu in terra coelestem vna vitam agimus. (...) Instauremus conuiuium illud hodie: ut in eo invita epidimia convivamus.
Marsilio Ficino. De raptu Pauli
(Ep. lib. II. f. 63 rº y vº. Antonio Koberger impr.
Nüremberg. 24 de febrero de 1497. Daniel González G. trad.)
Y sí, la de esta vez también se emparienta con los tiempos ficinianos por su étimo: influenza, ¡vaya un concepto!
lunes 2 de marzo de 2009
Variaciones verdes
Por los caminos de Donostia viajaban Zaragüeta, Ortega, y Zubiri cuando al mirar por la ventana observan, pastando, a una vaca verde:
Mirad, dice el neoescolástico: hasta donde puedo entender, las vacas que aquí viven son verdes.Corrijo, dice Ortega: lo más que puede decirse es que, desde vuestra perspectiva, parece que hay una vaca verde.
En rigor, dice Zubiri, lo que puede afirmarse es que ahí se ex-tiende el lado verde de una vaca.
Actualización: Acá salen los tres, y hasta Gaos
De pie, Xavier Zubiri, Luis Recaséns Siches y José Gaos; sentados, María de Maeztu, José Ortega y Gasset, Juan Zaragüeta y Manuel García Morente. Celebración de los 25 años como maestro de Ortega, el 19 de noviembre de 1935. (Archivo José Gaos.)
sábado 31 de enero de 2009
lunes 19 de enero de 2009
La morena
Anoche te vi pasar
por la esquina de mi sueño,
y me pareció pequeño
el mundo para soñar;
el mundo para soñar,
porque quería ser tu dueño.
por la esquina de mi sueño,
y me pareció pequeño
el mundo para soñar;
el mundo para soñar,
porque quería ser tu dueño.
martes 30 de diciembre de 2008
VSVS ANTIQVIOR: mi experiencia tridentina I (contexto e impresiones estéticas)
Si ya resulta difícil tener una visión global sobre la duración de la propia vida (y supongo que se vuelve todavía más a medida que se van sumando años), lo es todavía más ponderar con esa única medida a nuestro alcance la verdadera dimensión de períodos que la exceden. Por eso me resulta imposible tener una idea precisa de cuánto montan los cuarenta años de silencio que en México tiene esa voz única con la cual el Occidente ha rendido culto a Dios desde el siglo primero.
Las disposiciones de la Sacrosanctum Concilium, tendientes a que los ritos expresaran "con mayor claridad las cosas santas a las que se refieren, (...) [para que] el pueblo cristiano pueda comprenderlas fácilmente y participar en ellas por medio de una celebración plena, activa y comunitaria", cerraban -no obstante su preocupación incluyente- la posibilidad de que los fieles futuros nos sintiésemos parte del mismo flujo espiritual que los grandes Santos a los que, por otro lado, se nos pedía admirar e imitar mediante la reflexión sobre sus obras, sus martirios o sus especulaciones.
Desde la infancia tomé de memoria la vida de Juan Bautista De la Salle; y mi formación profesional me llevó a leer y atesorar los textos de Buenaventura, Bernardo o el Aquinate, entre otros autores eclesiásticos que no han llegado a los altares. Últimamente, y por motivos muchísimo más íntimos, incluso comencé a tener devoción por la espiritualidad de Benito de Nursia, padre del monasticismo occidental. Sin embargo, la experiencia acumulada por la familiaridad con todos ellos no parecía encontrar correspondiente tras las puertas de ningún templo, capilla o catedral, por antiguos que fuesen. Al menos para mi caso, la constitución derivada del Vaticano II tuvo un efecto inverso al pretendido, y dejé de asistir con regularidad a la Misa desde una edad más bien temprana. Aunque la nostalgia me hacía volver de pronto, generalmente era para regresar a casa frustrado por los excesos (de velocidad, de simplificación, de descuido) con los que sacerdotes y fieles parecían tratar, precisamente, las cosas cuya santidad quería acentuarse.
Me desilusionaba, además, que mientras más esfuerzo ponía en conocer y comprender una tradición milenaria, menos correspondencia y menos vigor encontraba para ella en mi circunstancia. El ojo crítico me llevó a la curiosidad, y hasta me convertí en una especie de voyeurista de abusos litúrgicos, como las misas dramatizadas con payasos (literalmente, de naricitas y pelucas coloridas) o las misas Halloween, oficiadas por el padre Barney y musicalizadas por el mismísimo diablo (y eso porque no hay videos de las misas-mariachi, "misas de los niños" y una serie de posmodernidades a las que me tocó asistir cerca de casa o con motivo de la típica bendición puramente "social" de eventos como el nacimiento, el matrimonio o la muerte).
A la par, también me fui haciendo un poco más conocedor de las normas que todas esas celebraciones incumplían: leí en el latín original los defectos en la celebración consignados por el Missale Romanum, incluso los improbables para nuestra época (la putrefacción de la hostia o la congelación del vino) y que sin embargo nos hablan de la larga continuidad con la que estos ritos se han venido celebrando.
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En mi medio, fui de los escasos en alegrarse por la elección de Benedicto XVI tras la muerte del único otro Papa que ha tenido la Iglesia mientras he vivido. Sabía yo de que esa "ausencia de simpatía" que tanto se le critica iba a ser más bien provechosa para equilibrar la fuerte presencia mediática y el estilo multitudinario de su antecesor. En masa, las cosas no pueden hacer con cuidado, y por eso presentía que el liderazgo espiritual de este Pontífice emanado de la academia tendría que venir, para bien, de las ideas; y que quizá su estilo favorecería un examen cuidadoso de todo lo que en las últimas décadas se había implementado con criterios más bien pragmáticos.
Cuando en julio de 2007 S.S. promulgó el motu proprio Summorum Pontificum, regulando la práctica -olvidada o convenientemente acallada- de la Eucaristía según el Misal de 1962, pensé que pasaría bastante tiempo para que en México ( país amigo de las aglomeraciones, y dado a "tropicalizar" de buena fe, aunque muchas veces desde la ignorancia, cosas tan básicas como la cocina) las disposiciones papales tardarían mucho tiempo en aplicarse; y que lo harían, si acaso, sólo entre los católicos que tienen fama de "radicales", como los de Jalisco o Guanajuato.
Pero la cosa, afortunadamente, iba en serio: apenas tuvieron que pasar dieciocho meses para que en la Catedral de México, como parte de un proyecto que une muchas voluntades, gozaramos hoy, en el penúltimo día del año, de una misa en el usus antiquior; es decir de la misa de nuestros ancestros, según se encargó de insisitir el padre "Romo" (Romanoski, en realidad) antes de iniciar.
Yo diría que para los mestizos, como es mi caso, eso quiere decir lo doble: es el rito que la mitad de nuestra sangre trajo importada de los Países Bajos o de España; y la que la otra mitad, tras su bautismo, atendía (entendiéndola de lleno, gracias a la labor de instituciones como el Colegio de San José de los Naturales, en las cuales se buscaban la efectiva inserción de los indios en la cultura occidental).
Es, también, la liturgia de nuestros padres espirituales: los grandes filósofos y teólogos que pensaron a Dios, al hombre y al mundo de la manera en que lo comprendemos hoy. Por esto, si bien con variaciones menores a lo largo de siglos, esa Misa conserva para nosotros el valor de criterio vivo de identidad: es la adoración de Un Pueblo, con Una Lengua, ante Un Dios. Me parece que usurpamos el nombre de "latinos" siempre que olvidamos, por criterios inmediatistas y políticos, la profunda huella que la lengua del Lacio ha impreso en la mentalidad incluso de quienes no pueden leerla. Basta mirar los dos milenios de especulación, ritualidad y ley en ese idioma para convencerse de que en realidad no hemos ido demasiado lejos ni demasiado aparte, y que más bien le jugamos al tonto pretendiendo que los latines en el ámbito de la Filosofía la Religión y el Derecho son una cosa "de museo", ajena a un hipotético "mundo de hoy".
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Movido por todos estos antecedentes, programé mi visita a la Catedral para el 30 de diciembre a las 11:00 a.m. De hecho, llegué unos 45 minutos antes para prevenir tumultos y prisas, y en espera de encontrar un confesionario disponible después de 14 años de no pisar uno.
Acostumbrado a las misas cardenalicias de los Domingos, pensaba que el altar de mármol frente al Coro sería el lugar para la celebración, pero eso supondría que todo el acomodo de los ornamentos tendría que adecuarse en menos de media hora, pues estaban dispuestos al uso moderno para la misa que acabó a las 10:30. Me intrigaba sobre todo cómo se desmontaría el altar más sencillo que hoy sirve para la liturgia según el Novus Ordo.
Fue fácil detectar, sin embargo, que se había planeado otra cosa: la misa se celebraría en el enorme Altar de los Reyes, restaurado no hace mucho con el patrocinio de la Corona Española.
El indicio más claro de que se usaría ese sitio histórico para una ocasión igualmente histórica, era la presencia de un pequeño grupo de sacerdotes no tan pequeños, que iba y venía al Coro y a la Sacristía. Lo que no se veía por ninguna parte era gente que pretendiese asistir: el lugar se poblaba con oleadas de fotógrafos japoneses, turistas rusas en vestidos indecentes para el lugar y la hora, y el típico grupo de mexicanos para quienes la Iglesia "es sólo un negocio" , y que dejaron resbalar el comentario de que en ese lugar el dinero abría todas las puertas, en referencia a la cuota que se pide por conocer las obras de arte en la sacristía.
A eso de las 10:40, un hombre joven y con pinta de diseñador gráfico preguntó al menos alto de los sacerdotes si ahí se celebraría la misa tridentina. Para mi sorpresa, él contestó en un castellano sin acento; y después entendí que su rubicundez era más bien propia de las buenas familias del Bajío. Confirmó que todo estaba según lo previsto, y nos informó que hasta su madre habría prometido venir a verle. Enseguida llegó un grupo de mujeres, apropiadamente cubiertas con mantillas y pañoletas, y provistas (las dos más jóvenes, alrededor de los 20), con una cámara fotográfica para la que buscaban pilas. No mucho después, apareció un sacerdote de apariencia más "normal", el Padre Pedro (Rodríguez, creo), que preguntó si veníamos a la Misa y prometió arreglar con los guardias nuestro acceso al pie del altar para atenderla.
Por fin, a unos dos minutos antes de las 11, entramos a un espacio que a últimas fechas permanece no sólo a obscuras sino también cerrado, y fuimos recibidos por el famoso padre "Romo" quien nos dio cuenta de su proveniencia, del sentido y dimensión que tenía el evento, y de la bondad del Cardenal Rivera para dejarles celebrar en el lugar. Cuando el padre se ausentó para vestirse adecuadamente, las cerca de treinta personas que asistimos nos acercamos un poco más al altar, provistas algunas con sus misales, otras sin ellos, y yo con unaa opción mixta: un viejo cuadernillo que tenía el ordinario de la misa junto con mi ejemplar de la Vulgata, en el que las lecturas del día estaban señaladas mediante unas banderitas adhesivas.
Tras la procesión inicial, y dado que era una Misa Solemne, pensé que vendría el Asperges, pero el sacerdote, el diácono y el subdiácono fueron directo a las oraciones iniciales (introibo, confiteor etc.) que cada quien seguía arrodillado y con los ojos puestos en su propio material. Nos levantamos, como corresponde, en el Gloria y permanecimos de pie -porque no había bancas ni reclinatorios- hasta el Sanctus, en el que mi cuadernillo y las rúbricas que consulté pedían arrodillarse. No todos lo hicieron, pero la mitad derecha de la concurrencia, entre la que había menos misales, sí hincó la rodilla, quizás por imitación. Antes del Te igitur, sin embargo, ya todos nos estabamos de hinojos y así permanecimos hasta el Pater Noster, para volver a postrarnos en el Agnus Dei.
Al momento de la comunión, la gente fue acercándose a la barandilla, y recibía la Hostia de rodillas, un modo que se ve cada vez menos y en el que incluso algunos sacerdotes "progres" se niegan a impartirla en otras partes del mundo. Lo de recibirla directamente en la boca quizá no nos impresiona mucho, porque es la manera más usual en México, aunque hoy tampoco parece extraño quien la pide en la mano, en una maniobra que arriesga la sacralidad de la Especie Consagrada.
Luego, la oración posterior a la comunión y el Ite, missa est, tras lo cual sucede algo "extraño" para la mayor parte de mi generación: todavía hay que quedarse, y arrodillarse otra vez (en el momento en que el Evangelio de San Juan lee el misterio de la Encarnación). En esta particual reposición de la misa Tridentina no se dijeron las Oraciones Leoninas, que nunca formaron parte "oficial" del rito pero que se acostumbraban a instancias del Papa por intenciones como la instauración de un gobierno más benigno con la Santa Sede en Italia, o por la conversión de los rusos. Supongo que hoy, tras el desmatelamiento de la logia P2 y la instauración del "Putinato", haríamos mejor pidiendo por la paz en Gaza... De todos modos, tras la procesión de salida, algunos nos quedamos a rezar, de rodilas, las tres Aves Marías, la Salve y demás añadidos.
Todavía siento que hay mucho para pensar, asimilar, y discutir. A medida que me vaya surgiendo lo haré en otra entrada de la bitácora. Ahora sólo quiero mencionar detalles inmediatos, muy visibles y casi de talante estético que hacen a la misa tridentina profundamente distinta del modo postvaticano: la primera es la manera en que gracias al abundante uso del incensario todo adquiere, literalmente, un olor de santidad; y no me refiero sólo al aroma, sino al hecho de que cómo esta costumbre refuerza el sentido simbólico de precesión jerárquica, pero a la vez de unidad: se incensa el altar, los libros, a los ministros en orden de importancia, e incluso al pueblo. ¡Es hermoso sentirse, también, una cosa santa, unida a todas la otras para recrear el Sacrificio del Calvario!
El otro punto más llamativo para mí es la manera en que todo ese (aparentemente) complicado "orden coreográfico" de genuflexión, puestas en pie, inclinaciónes del cuerpo y otras posturas corporales del pueblo o los ministros (cómo, por ejemplo, éstos han de despojarse del birrete ante la más mínima mención a Cristo, incluso en la homilía, lo que garantiza que nadie se quede dormido o se ponga a pensar en otra cosa) revela a las claras la importancia y sentido de cada parte de la Misa. Tras verlo, no puede evitarse pensar en algo así como una "yoga cristiana" en la cual el ritmo de la palabra, la respiración y la postura son la misma cosa, y se han adecuado durante los siglos con el único propósito de llevar el alma a Dios.
(... continuará)
Etiquetas:
Catedral,
Misa tridentina,
México
miércoles 17 de diciembre de 2008
Deprecor
No conozco de escritores,
ni me gustan las novelas.
Vivo de día y
me baño a diario.
No voto,
no marcho,
ni voy a misa.
Deseo, sin embargo,
para una tarde de Domingo
meter a todos
los rojos de mascada palestina
en un saco
y molerlos a palos
junto con aquellos que creen en la autoayuda,
regalan en los intercambios,
y miran por intereses mezquinos,
mientras salen a bailar o te dicen frases "lindas".
Como si fuese Dios,
querría caligrafiar sus nombres en
El Gran Libro de la Vida
y luego, con mi saliva amarga,
los borraría.
ni me gustan las novelas.
Vivo de día y
me baño a diario.
No voto,
no marcho,
ni voy a misa.
Deseo, sin embargo,
para una tarde de Domingo
meter a todos
los rojos de mascada palestina
en un saco
y molerlos a palos
junto con aquellos que creen en la autoayuda,
regalan en los intercambios,
y miran por intereses mezquinos,
mientras salen a bailar o te dicen frases "lindas".
Como si fuese Dios,
querría caligrafiar sus nombres en
El Gran Libro de la Vida
y luego, con mi saliva amarga,
los borraría.
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